miércoles, 6 de febrero de 2013


EL DIRECTOR CORAL COMO EDUCADOR MUSICAL

Por GUILLERMO ROSABAL*

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El reto de la dirección coral en la época contemporánea
Quizás siguiendo el patrón del director orquestal virtuoso heredado desde el siglo XIX, a menudo los directores corales contemporáneos parecen tener como único objetivo de su trabajo preparar minuciosamente la ejecución artística de una obra musical. Por ello, a primera vista, parece razonable que los jóvenes estudiantes de dirección coral acostumbren invertir una cantidad de tiempo considerable en el perfeccionamiento de su técnica del gesto, análisis exhaustivo, y memorización de la partitura que tienen en sus manos.
Lo anterior no parece objetable desde el punto de vista estricto de la  responsabilidad de un director como intermediario entre la partitura y el instrumento para darla a conocer al público: el ensamble coral. Sin embargo, en vista de la gran  diversidad de ensambles corales en la sociedad contemporánea (escolares, juveniles, universitarios, comunales, entre otros), la amplia gama de bagajes y expectativas de los coristas (músicos profesionales o aficionados), es coherente replantear el papel del director coral en función de este panorama. Más que un virtuoso, o si se quiere, un dictador, o líder autoritario que maneja una masa coral en función de un montaje artístico, parece más coherente que el director se desempeñe también como un educador que promueve el crecimiento vocal y musical individual y del ensamble, al mismo tiempo que da forma, junto a sus coristas, a una obra musical.
Sea cual sea el enfoque de la profesión del director, su responsabilidad  es crucial. De hecho, una presentación pública de un coro reflejará la efectividad del director tanto como maestro y como técnico de ensayos. Según el director coral estadounidense Lloyd Pfautsch, “los sonidos de su coro serán un testimonio de su capacidad de transferir su conocimiento, aumentar y refinar sus técnicas pedagógicas, generar y mantener en los cantantes la dedicación a las disciplinas vocal y musical, dar forma a las sutilezas silábicas y melódicas, expandir el conocimiento y destrezas técnicas del coro, y de guiar al grupo a la ejecución artística” (Decker y Herford, p. 91). Por lo tanto, es válido pensar en el concierto, no debe ser un fin en sí mismo, sino más bien una fase dentro de un proceso que es tanto educativo como artístico.

Naturaleza y valor del canto coral

No se quiere afirmar aquí que el ensamble coral no haya sido hasta ahora  un contexto de aprendizaje. Por el contrario, éste provee a las personas la oportunidad de involucrarse en el proceso de hacer música de acuerdo con estándares y tradiciones de diversas prácticas musicales, así como la oportunidad de auto realizarse dentro  de esta participación, por medio del desarrollo de destrezas vocales, auditivas, cognitivas, psicológicas, y sociales. Más específicamente, podemos formular el valor del canto coral como experiencia que implica beneficios en diferentes ámbitos:
Primero, la experiencia coral es un fenómeno fisiológico,  que depende, en primera instancia, del instrumento musical de viento, íntimo y personal, que se encuentra dentro de cada persona -la voz 2 - y del sentido de la audición. El canto coral también involucra cambios físicos y psicológicos que responden a eventos emocionales: se presentan cambios en el pulso, la respiración, la adrenalina, así como el flujo 3. (Robinson y Winold, p. 4).
En segundo lugar, hacer música por medio del canto coral es una forma de ser en el mundo 4, de relacionarse por medio de la voz con otros hacedores de música, y con la audiencia. En el acto de hacer música coral, personas que son aparentemente diferentes, se relacionan con otras personas por medio de sonidos y desarrollan una conciencia participatoria, un sentimiento de unidad. En este sentido, la experiencia coral es un fenómeno sociológico.
Tercero, por medio de la recreación sonora de una partitura, el director, así como los cantantes, participan con el compositor en el acto creativo. Interactúan con una obra musical que a su vez refleja estándares y tradiciones de prácticas musicales que están histórica y socialmente enraizadas.
Finalmente, la experiencia coral puede ser el escenario de retos musicales.  Al resolver dichos retos, la musicalidad del cantante se incrementa, y esto eleva el autoconocimiento y la autoestima.5 
¿Adoctrinar o educar?

Si se define literalmente el papel del director coral según el significado del término en latín educare, que quiere decir “conducir hacia”, entonces la responsabilidad del director implica capacitar a sus cantantes para descubrir y aprender por sí mismos, en lugar de seguir instrucciones mecánicamente, a modo de adoctrinamiento. Esto significa que el director debe propiciar el pensamiento independiente por medio de técnicas de ensayo que sean efectivas y tengan propósitos específicos que vayan más allá que simplemente preparar al coro para presentarse en público.
Con el fin de llevar a cabo sus responsabilidades como educador, el director debe aspirar a: (a) comportarse como un líder, guía, y facilitador, dispuesto a utilizar su bagaje y carisma para trabajar con una diversidad de seres humanos, (b) encontrarse con el vasto repertorio de la literatura coral y preparar y manejar las  partituras a ser ejecutadas, (c) desarrollar técnicas vocales y corales que estimulen el desarrollo vocal individual y colectivo, (d) cultivar en los cantantes la flexibilidad y versatilidad comparable a la de los solistas, (e) propiciar la responsabilidad individual y el mejoramiento de sus destrezas musicales, y (f) comunicarse expresiva y efectivamente con el coro, promoviendo, de esta forma, la capacidad de respuesta de éste (Decker y Herford, p. 70).
Como educador, el director debe ser capaz de describir, explicar, ejemplificar y hasta corregir lo que desea que sus coristas canten, dándoles retroalimentación inmediata. Nunca debe dar por sentado que lo que le sea obvio para él, también será obvio para los coristas. Ellos merecen una explicación de  por qué algo es objetable, y por otra parte, cómo producir lo aceptable. 
Cuando sea necesario, el director debe servir como modelo, brindando demostraciones auditivas o musicales, mientras motiva a los coristas a aplicar las enseñanzas en situaciones o contextos similares. La transferencia de conocimiento debe ser hecha en forma creativa, es decir, no dictando recetas o meras fórmulas, sino transmitiendo herramientas adaptables y accesibles para inducir en los cantantes ciertas conductas fisiológicas, y mentales. Los cantantes, en cambio, deben ser creativos al aplicar lo que se ha aprendido por medio de retos vocales y musicales específicos, ante obras, y directores diferentes. 
Enseñar creativamente también implica experimentar con nuevas maneras de explicar, demostrar, y compartir. Las reacciones y respuestas de los cantantes ayudarán al director a decidir cuál de los nuevos métodos deben ser mantenidos para ser refinados, y cuáles deben ser descartados como inconsecuentes (Decker y Herford, p. 91). Lloyd Pfautsh nos recuerda que cualquier cosa que el director presente al coro, debe ser expuesto con entusiasmo y buena actitud, buscando desarrollar la imaginación activa, de forma que se pueda comunicar con el ensamble en diferentes formas

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